Durito and the Tangled Threads of Time - Fantasy stories

Durito and the Tangled Threads of Time

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Story Description

Step into a whimsical galaxy where time is a magical, colorful thread. Meet Durito, a curious little being from Nuscuria, who discovers a planet called Earth where time behaves in a peculiar, sticky way. A charming tale of intergalactic friendship, curiosity, and the wonder of how time connects us all, even when it's a little mischievous.

Language:English
Published Date:
Category:Fantasy stories
Reading Time:1 minutes

Keywords

Generation Prompt

Y esta No es una “versión más oscura”. Es una versión menos estable. — NUSCURIA (versión erosionada) ⸻ CAPÍTULO 1 Nuscuria no está sola En la galaxia Nuscuria no existe el principio como lo entienden otros sistemas. O eso es lo que se registra. Allí, el tiempo no avanza. No exactamente. Se distribuye, aunque esa palabra ya introduce una dirección que no siempre se sostiene. Nuscurus, uno de sus planetas habitables, no gira alrededor de una estrella, sino alrededor de una acumulación de duración. Los nuscurianos no la llaman tiempo. La sienten, o algo equivalente a sentir, aunque la equivalencia es imprecisa. Nunca se describieron a sí mismos. No por secreto, sino porque la forma deja de ser información útil cuando lo que se mantiene no es el cuerpo, sino la continuidad. O lo que permanece cuando el cuerpo deja de importar. En Nuscurus se aprende pronto que existir es tensar hilos. Algunos sostienen memoria. Otros sostienen olvido. Los más delicados sostienen elección, aunque la diferencia entre elegir y deformar no siempre es clara. Desde Nuscuria se sabe que no están solos. Hay otras galaxias. Otros planetas. Otras especies que creen que el tiempo les pertenece. Esa creencia no es falsa. Tampoco es estable. La Tierra es una de ellas. No es especial por su tamaño ni por su ubicación. Es especial por su insistencia en recordar, aun cuando el recuerdo ya no cumple función estructural. Desde Nuscuria se la observa como quien observa una grieta crecer en una pared. Sin prisa. Sin juicio. Con atención suficiente para notar que la grieta no siempre está en el mismo lugar. Los nuscurianos no viajan hacia la Tierra. No lo necesitan. El contacto no ocurre en el espacio, o no en uno que pueda mantenerse como espacio. Ocurre en la duración. Un segundo mal colocado. Un recuerdo que no se disuelve. Una sensación de estar llegando a un lugar que no existe, o que ya fue usado. Así empieza siempre. No con una invasión, sino con una variación en la manera de estar aquí. En Nuscuria, eso se considera un saludo. O un síntoma. ⸻ CAPÍTULO 2 Distribución Desde Nuscuria no se observa la Tierra como un punto, sino como una irregularidad. No en el espacio. En la manera en que el tiempo se sostiene a sí mismo antes de ser percibido. Hay mundos donde la duración fluye sin resistencia. Nacen, se reproducen, se extinguen. No dejan acumulación significativa. Mundos eficientes. Mundos que no pesan. La Tierra no es así. Aquí, la duración se engancha. O se queda. O falla en irse. Los recuerdos no se disuelven cuando cumplen su función. Persisten. Se superponen. Se heredan incluso cuando ya no explican nada. El pasado no queda atrás: se compacta. No siempre en capas claras. A veces en grumos, a veces en zonas duras donde nada nuevo se ajusta bien. Desde Nuscuria, eso es visible. No como imágenes. Como densidades. Como regiones donde la medición empieza a perder economía. La humanidad cree habitar un presente. En realidad, habita una saturación. El ahora está lleno de residuos de antes, pero también de restos de futuros que nunca ocurrieron del todo. Algunos nuscurianos propusieron intervenir. No para corregir. Para aliviar tensión. La propuesta fue descartada. Intervenir implica intención. La telaraña —si esa palabra aún aplica— no responde a intenciones. Responde a condiciones, y las condiciones no siempre son coherentes entre sí. La Tierra no necesita contacto. Ya está enredada. O ya fue. ⸻ CAPÍTULO 3 El observador El padre no empezó como investigador. Empezó como alguien que no descartaba con suficiente rapidez. Mientras otros atribuían las discrepancias a ruido experimental, él las retenía. No por obsesión, sino porque el ruido parecía persistir incluso cuando el modelo se ajustaba. Los datos no mentían. Tampoco decían la verdad. Indicaban algo previo. No una causa. Una presión. En ciertos experimentos, el resultado parecía anticipar la pregunta. En otros, la formulación alteraba el fenómeno observado, no por efecto del observador, sino por el intento de clausura. Como si cerrar una explicación produjera un desplazamiento que luego había que corregir. Cada vez que una teoría se volvía elegante, algo dejaba de encajar. No siempre lo mismo. No lo llamó anomalía. Lo llamó resistencia, aunque ese término empezó a fallar pronto. Descubrió que el problema no era el instrumento ni la teoría, sino la suposición de que la realidad estaba obligada a ser estable antes de ser observada. O después. Empezó a sospechar que la estabilidad era un producto tardío. Un residuo. Eso lo llevó al tiempo. No al tiempo como magnitud, sino como material. O como efecto secundario de otra cosa. El tiempo no se comportaba igual en todos los sistemas. En algunos cuerpos, se acumulaba. En otros, se filtraba. En otros, parecía usar la conciencia como superficie provisional. Ahí apareció una grieta conceptual, aunque llamarla así es retrospectivo: la posibilidad de que la mente no percibiera el tiempo, sino que

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