Milo y la maleta de los “ya puedo” - Growth stories

Milo y la maleta de los “ya puedo”

Story Description

Acompaña al tierno conejito Milo en una colorida aventura sobre el descubrimiento, la creatividad y la confianza en uno mismo. A través de su pequeña maleta llena de recuerdos y aprendizajes, los pequeños lectores descubrirán que cada pequeño paso cuenta para hacer realidad grandes imaginaciones.

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Language:es
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Reading Time:1 minutes

Keywords

Generation Prompt

**Milo y la maleta de los “ya puedo”** Milo era un conejito que tenía una maleta pequeña. No guardaba calcetines. Tampoco zanahorias… bueno, a veces guardaba una, por si le daba hambre. En aquella maleta llevaba algo muy especial: un recuerdo de cada cosa que aprendía. El primer día que fue a pintar, Milo encontró tres colores: rojo, amarillo y azul. Metió su pincel en el rojo e hizo un punto. Después hizo una raya amarilla y una mancha azul. —¡Ya puedo dejar huellas con mi pincel! —dijo emocionado. Cuando la hoja se secó, la guardó en su maleta. Otro día, mientras pintaba, un poquito de amarillo se encontró con un poquito de azul. Milo abrió mucho los ojos. —¡Aquí apareció otro color! ¿Quién lo invitó? Era el verde. Milo probó otras mezclas. Juntó rojo con amarillo y apareció el naranja. Juntó azul con rojo y apareció el morado. —¡Mis colores pueden formar otros colores! —dijo. Y guardó una hoja con sus descubrimientos dentro de la maleta. Días después conoció al blanco. —¿Y tú qué sabes hacer? —le preguntó. El blanco no contestó, porque estaba muy ocupado siendo pintura. Así que Milo puso un poquito sobre el azul y mezcló. —¡Se está aclarando! Probó con otro poquito. Luego lo mezcló con rojo y apareció un rosa. Milo hizo manchas claras, unas más claras y otras menos. —¡Ya puedo cambiar mis colores! —dijo. Y guardó aquella hoja con las demás. Una mañana, la maestra Búho anunció: —Hoy vamos a pintar algo que ustedes imaginen. Sobre las mesas había rojo, amarillo, azul y blanco. También había pinceles y hojas vacías. Milo levantó la patita. —Maestra, ¿qué tengo que dibujar? —¿Qué te gustaría pintar a ti? Milo miró su hoja. La volteó. La volvió a voltear. Acercó la nariz tanto que casi le dio un beso al papel. Pero no sabía cómo empezar. A su lado, la ardilla ya estaba pintando. Más allá, el erizo había hecho una mancha enorme. —Creo que no puedo —susurró Milo. Entonces miró su maleta. La abrió despacito y sacó la primera hoja. Ahí estaban su punto rojo, su raya amarilla y su mancha azul. —Bueno… sí puedo hacer huellas con mi pincel. Sacó la segunda. —También puedo mezclar para conseguir otros colores. Sacó la tercera. —¡Y puedo usar blanco para hacerlos más claros! Milo miró las tres hojas juntas. Hasta entonces había usado cada cosa en un día diferente. Pero ahora se le ocurrió algo: —¿Y si hoy uso todo lo que aprendí? Cerró los ojos y pensó en un lugar al que le gustaría ir. Imaginó un jardín donde los conejos pudieran brincar entre plantas gigantes. —¡Eso quiero pintar! Mezcló amarillo con azul para hacer las plantas. A una parte del verde le agregó un poquito de blanco, porque quería unas hojas más claras. Después mezcló rojo con amarillo y pintó un camino naranja. En medio hizo una flor tan grande que un conejo podía dormir dentro. Pero, al mover el pincel, cayó una gota donde no esperaba. Milo se quedó quieto. Miró la gota por un lado. La miró por el otro. —Mmm… ¿qué podría hacer aquí? Le agregó unas patitas y dos antenas. —¡Un bichito! Tú también puedes vivir en mi jardín. Milo siguió pintando. A veces se detenía para pensar. A veces probaba una mezcla antes de usarla. Cuando terminó, la maestra se acercó. —Cuéntame sobre tu pintura. Milo señaló las hojas, el camino, la flor y su pequeño visitante. —Todo esto lo imaginé yo. Y para pintarlo usé cosas que fui aprendiendo poquito a poquito. —¿Y qué aprendiste hoy? —preguntó la maestra. Milo se quedó pensando. Después sonrió. —Que cuando no sé por dónde empezar, puedo recordar lo que ya sé… ¡y probar! Al salir, quiso guardar su pintura en la maleta. Pero decidió llevarla entre las patas para enseñarla en casa. La maleta iba un poquito más ligera. Y Milo caminaba pensando en todas las cosas que todavía podía imaginar.

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